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I Viernes de Cuaresma 2026

Publicado el:
viernes, 20 Feb – 2026

Una cuaresma más, una cuaresma nueva. Un tiempo aguado de lluvias, que corre lavando los costados de los días, abriendo las venas de los caminos aún por explorar. 

Cuarenta días de terapia, de tratamiento, de cuidados, en el hospital de campaña del vivir nuestro de cada día. Con pocos recursos, tan sólo unas sábanas tan blancas y ligeras como flores de almendro, con vendas tan largas, como los largos salmos de la vuelta del exilio:

“porque es eterna su misericordia.” (Salmo 117) 

Hay escasez de recursos técnicos de última generación, porque la novedad está en hacer lo de siempre, haciéndolo siempre nuevo. La cuaresma será nueva si la novedad de la Pascua que aguardamos nos inunda por dentro las bodegas del alma, hasta anegarnos de misericordia. 

Jesús nos lleva al desierto: “Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.”  No nos lleva a un parque de atracciones, ni a un estudio de cine, ni a un espacio onírico. Jesús nos lleva al desierto, allí donde estamos, queriendo o no. Él nos lleva a su terreno divino, a la orilla de lo humano y allí, desabastecidos, nos pide ayunos; desamparados, nos reclama limosnas; callados nos mendiga oraciones. Jesús nos lleva al combate de la vida porque toda la vida es tentación, santa lucha.    

Como el pueblo judío, salimos huyendo de los faraones de poca monta para adorar los ídolos fabricados por nuestras manos. Como entonces, corremos olvidando la levadura para llorar al poco tiempo por los puerros y los ajos de la cálida esclavitud. Otra vez abandonamos la fertilidad del Nilo, para abrevarnos del agua de una roca seca como el pedernal. De nuevo gritaremos de hambre, nostálgicos de la olla de carne, y el cielo lloverá codornices… Cada mañana el rocío fecundo nos proveerá del maná y, al poco, volveremos a la queja perenne de un pan sin cuerpo, sin sabor, sin levadura…

Como Israel, somos tentados y caemos en la trampa que nosotros mismos nos tendemos de mil modos. Jesús es tentado y vence porque tiene el corazón vencido al amor de su Padre, Palabra y Pan y Vida, que no conoce ocaso ni desierto, ni duda, ni culpa… “porque es eterna su misericordia.”

Frente a la eternidad de Dios, la Iglesia nos regala una aventura espiritual de cuarenta días por el desierto. Cuarenta jornadas para pertrecharnos con ayunos saciados, para guardar en el zurrón las limosnas recibidas, para llenar los bolsillos del alma con oraciones rezadas. Sólo cuarenta días a descontar para llegar a la Pascua, oasis de la humanidad errante, meta de la Iglesia peregrina.  
Saciados de palabras y hambrientos de la Palabra, colmados de dádivas y escasos de tiempo, ahítos de enredos y sedientos de silencios… Jesús nos encuentra en la vida y “movido por el Espíritu” (Mt 4,1) se mete en la vida y en la vida tentada, para sacarnos hacia la vida, hacia la vida nueva, que no es un paraíso prefabricado, ni un bienestar edulcorado, ni una realidad virtual. 
Jesús, al final del principio, en el desierto, siente hambre y entonces es tentado (Mt 4, 2). Nosotros desde el inicio de la partida tenemos la mano ganada porque Él, Jesús, venció, vence y vencerá, por nosotros, en una cruz pascual, la salvación para siempre. 

Ayunemos palabras para alimentarnos de la Palabra. Demos limosnas para darnos de corazón. Oremos en silencio para decir a esta generación que son cuarenta días, solo cuarenta para experimentar: “que su misericordia es eterna.” 

Fray Vidal Rodríguez

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